A sus plantas rendido un León

Valle Viejo, Catamarca. Sede del Club “Obreros de San Isidro”

Dejo el fútbol, antes que él me deje a mí” anuncia cabizbajo en una conferencia de prensa en la que hay sólo un medio, la radio comunitaria “Valle Viejo, la radio que está en el corazón de la gente”.

La puerta del vestuario se cierra y el volante que alguna vez tuvo un paso mítico por el Deportivo La Coruña, se descalza los botines por última vez.

Cuando en el año 1995 debutó en Newell´s, difícilmente hubiera imaginado que su efímera fama entre el público masivo iba a ser por hacer patria en tierras de piratas.

Mucho antes del fútbol ya existía la rivalidad entre Argentina e Inglaterra. Desde las invasiones inglesas de 1806 y 1807 y quizás desde antes, empezó la histérica relación de amor-odio necesaria para la creación de un clásico de fútbol. Esa expectativa de enfrentamiento que hace a los rivales dependientes entre sí, que se necesitan, que se buscan, se coquetean, hablan del otro con despecho como en una relación de amor que ha terminado hace poco tiempo.

Marcada por pactos espurios entre presidentes corruptos y emperadores dueños del océano, invasiones, el robo de las Malvinas, la estúpida guerra del 82, el gol de la Mano de Dios y el más bello de todos los tiempos, la historia de esta relación ha sido determinante, sobre todo para nosotros.

Iban 20 minutos del partido definitorio de los cuartos de final de la Champions League entre el Deportivo La Coruña y el Manchester United, y el volante, ex Newell´s, inició una patriada digna de una historia de Soriano, fue con los pies hacia adelante y partió a la mitad a David Beckham que debió salir lesionado entre lágrimas y rumbo al hospital en la previa del mundial de Corea-Japón del año 2002.

DAYT5a4W0AEPONy

Los periodistas ingleses dijeron que lo había lesionado a pedido de Marcelo Bielsa para que no jugara el partido del Mundial contra Argentina.

La locura de la prensa inglesa – declaró luego el jugador – llegó al extremo de iniciar una investigación para averiguar si mi abuelo, que era austríaco, había pertenecido al partido nazi.

¡Animal! Le gritaban los ingleses en español a este argentino solitario que decidió hacer patria a su manera, con lo que tenía al alcance en ese momento, jugando para Argentina aún sin estar citado para la selección.

Así subió Aldo Duscher al podio de los argentinos más odiados por los ingleses junto a Maradona, el Cholo Simeone, que en el ‘98 hizo expulsar al mismo Beckham, y a Ubaldo Rattín, que se había sentado sobre la alfombra roja de la Reina en 1966.

 

*El título es un homenaje a Soriano y su fabuloso libro llamado así.

Anuncios

La Meritocracia del Emprendedor

Esta es una nota que salió publicada en La Tinta el 25 de Agosto de 2017. Muchas gracias a los editores de la revista.

 


Semana tras semana aparece un nuevo método que va a salvarnos de la pobreza, independizarnos de nuestro tedioso trabajo y tener todos esos productos maravillosos que aparecen en las revistas. Todos podemos alcanzar nuestros sueños, sólo depende de saber canalizar nuestra voluntad. Vas a poder dedicar todo el día a hacer lo que más te gusta. Nuestros sueños están al alcance de la mano.


La palabra emprendedor ha sido absorbida por el discurso hegemónico y ha sido dotada de todos los atributos deseables para la felicidad. Y aunque es cierto que hay distintos enfoques sobre el emprendedurismo, el discurso dominante es muy fuerte en comparación a otras miradas alternativas que son siempre de menor alcance.


El emprendimiento es el camino hacia la luz y el emprendedor es un sujeto libre, independiente, creativo, proactivo, capaz de vivir en la incertidumbre y superar siempre favorablemente los obstáculos en ese trayecto que va de la miseria a la plenitud. El mundo está ahí, al alcance de tu mano, todo depende de vos.

Todo depende de vos.

Las condiciones estructurales no existen, no importa dónde naciste, si en tu casa hay agua potable o no, si tenés zapatillas o caminás descalzo. Lo único que importa es tu voluntad. Dependés única y exclusivamente de vos mismo. Estás solo.


El emprendedurismo en Argentina, tal como está planteado hoy, tiene su antecedente más reciente en la década del 70 con lo que José Alfredo Martinez de Hoz denominó el cuentapropismo que tuvo un gran crecimiento a partir de la destrucción del aparato industrial que había en ese momento. La aplicación de políticas neoliberales por parte de la dictadura militar, expulsó a miles de trabajadores a la calle y las actividades por cuenta propia aparecieron como la principal alternativa para generar algún tipo de ingresos familiares.


Semejante a lo que ocurrió en la década de los 90 con la aparición del régimen tributario simplificado que conocemos como Monotributo. Nuevamente el desmantelamiento de la trama industrial generó desempleo en las capas de trabajadores urbanos y ante la ausencia del Estado garante de derechos, la actividad por cuenta propia volvió a ser el salvoconducto para escapar de la pobreza.

Algo similar es lo que ocurre hoy, ante una nueva embestida neoliberal que primariza la economía y hace del capital financiero su principal razón de ser. La caída de la industria vuelve a generar desempleo y esta vez la salida es el emprendedurismo.

Al igual que en otros períodos históricos, se vuelve a dotar a la actividad por cuenta propia, desregulada y carente de garantías de derechos por parte del Estado, de los mejores valores de la sociedad. Libertad, crecimiento económico limitado sólo por incapacidad individual, el techo es el cielo, independencia económica, generación de empleo, ser parte del verdadero motor de la economía.

El emprendedurismo y el mercado laboral

El bastardeo de la palabra emprendedor, no se trata de otra cosa que la renovación del discurso liberal. Todo depende exclusivamente de vos y por lo tanto, si sos pobre o infeliz, es tu culpa, tu responsabilidad.

El emprendedor es un trabajador precarizado. Sin horarios, sin límites, sin salario, sin aguinaldo, sin derechos laborales. Pero curiosamente el discurso que lo caracteriza habla de él como un ser lleno de virtudes.

El economista Olivier Blanchard, decía que a medida que el empleo formal crece, los trabajadores ganan poder de negociación y esto se refleja en mejores condiciones salariales y de otras condiciones laborales como jornada laboral, vacaciones y mejoras en el espacio de trabajo, entre otras. Y en sentido contrario, cuando el que crece es el desempleo y la precarización, el instinto de conservación de la fuente de ingresos, hace que el poder de negociación de los trabajadores disminuya, lo que implica que la presión salarial a la suba también disminuye.

El discurso hegemónico que satura el uso de la palabra emprendedurismo, habla del trabajo formal como un impedimento para la libertad y una traba para alcanzar la riqueza y la felicidad (conceptos que además están unificados en este discurso) e invita a retirarse del empleo formal para alcanzar la plenitud. Desprenderse de los derechos laborales para volverse rico. Rechazar las garantías constitucionales para ser libre.

Hemos escuchado a ministros hablar de la importancia de saber adaptarse al contexto, de vivir en la incertidumbre y disfrutarla. De alguna manera se vuelven líquidas las estructuras sociales de la economía y se pone a disputar en un campo de reglas aparentemente iguales y simples a actores con fuerzas completamente diferentes. Coloca en la misma arena al pequeño productor de miel con el gran emprendedor inmobiliario bajo la simple premisa de que en el fondo son iguales y que no existen desventajas para uno ni ventajas para el otro, porque todo depende de saber qué hacer con lo que nos ha tocado y por sobre todas las cosas, tener una voluntad inquebrantable, permanente, autosuficiente. El liberalismo entonces, promueve desenfrenadamente el emprendedurismo y se desentiende del deber de garantizar derechos laborales a la vez que mella el poder de negociación sindical.

Emprendedores-Mauricio-Macri-01

El entorno, ¿existe?

Al depender el destino simplemente de la voluntad, el entorno desaparece y el eje ordenador pasa a ser el propio mérito, lo que conocemos como meritocracia. El patrón ordenador social es el individuo y no la comunidad. Cada quien depende de y se construye a sí mismo, se crea. Soy lo que soy capaz de hacer.

Sin embargo y tras años de investigaciones, el Premio Nobel de Economía Joseph Eugene Stiglitz sostiene en su libro El precio de la desigualdad que “el 90% de los niños que nacen pobres mueren pobres, por más esfuerzo o mérito que hagan. Y, como contrapartida, el 90% de los chicos que nacen ricos mueren ricos, independientemente de que hagan mérito para ello o no”.

En la ciudad de Córdoba y los alrededores, las investigaciones sobre el emprendedurismo dan por resultado tipificaciones categóricas similares.

1. En la zona céntrica de la ciudad y sus alrededores inmediatos, (Cofico, General Paz, Nueva Córdoba, Güemes) se encuentran emprendimientos cuyos propietarios ya pertenecían a la clase media, media alta o alta, antes de lanzarse con sus actividades cuentapropistas. Son zonas con infraestructura adecuada, buen acceso al centro de la ciudad y a los clientes. Cuentan con acceso al capital para la inversión inicial, la adecuación a las normativas y a la estética de su punto de venta. Además, en muchas ocasiones por simple pertenencia de clase, tienen conocimiento de las categorías de gusto de los clientes con mayor poder de compra, lo que favorece el crecimiento de las ventas y consecuentemente los ingresos. Existe mayor predisposición hacia la tercerización de algunos procesos de trabajo y muchas veces son los “emprendedores” del grupo 2 o 3 los que realizan efectivamente el trabajo de elaboración.

Los emprendedores pertenecientes a este grupo son los que cuentan con mayor cantidad de herramientas para acceder a las líneas de fomento que requieren de presentación de planes de negocio y cumplimentación de requisitos formales, y en este mismo sentido, este grupo es el que cuenta con mayores redes de contención como asociaciones de emprendedores, cámaras y redes de socialización de conocimiento técnico y negocios cruzados.

2. En los barrios perimetrales a la zona central de la ciudad, lo que podría denominarse como el segundo anillo (Zona Ruta 20, San Vicente, Talleres, Las Palmas, San Martín), se concentran emprendedores principalmente de clase media y media-baja en los que podría tipificarse al emprendimiento como un recurso de ingresos complementario al principal del hogar. En estos casos, el tiempo de producción suele ser reducido y la continuidad sistemática del trabajo, irregular. En muchos casos el trabajo se da de manera esporádica como una estrategia complementaria para gastos específicos, o bien por aprovechamiento de ocasiones especiales (día de la madre, día del niño, etc.). Este grupo en ocasiones posee un círculo de clientes, ligado a amistades, vecinos y familiares, que de alguna manera garantiza un mínimo de ingresos para esas producciones irregulares. Sus canales de distribución están ligados a estas redes personales y esto marca en algún sentido tanto su piso de producción, como su techo de ventas. De la misma manera, por su ubicación geográfica, poseen acceso directo al centro y consecuentemente al gran grupo de proveedores con bajo costo logístico. Las actividades más frecuentes entre este grupo son Indumentaria con apliques de diseño básicos, Alimentarios no básicos (tortas de cumpleaños, postres), muñequería y regalería, y servicios ligados bienestar (físico, estética, pilates, yoga).

3. Los emprendimientos de la región periurbana de la ciudad (Chacra de la Merced, Los Boulevares, Villa el Libertador, Villa Unión, José Ignacio Díaz) se corresponden con la caracterización de la parte de la población con menores ingresos. En este grupo, en muchos casos el emprendimiento corresponde al ingreso principal de la familia o podría decirse que el de ambos jefes de familia son complementarios e intermitentes. El tiempo de producción también suele ser limitado y el acceso a clientes con capacidad de compra es dificultoso ya que la infraestructura urbana es más limitada en estas zonas. Las redes de distribución de este grupo están ligados a vecinos de barrios cercanos, normalmente venta casa por casa o participación en ferias municipales y vecinales. Las limitaciones de la infraestructura general son muy significativas para el desarrollo y sostenimiento de estos emprendimientos ya que el gas envasado es más caro que el natural, el acceso a la provisión de materias primas es más dificultoso y por lo tanto menos frecuente, en algunas zonas el transporte público tiene una frecuencia de dos viajes al día hacia el centro. Este grupo puede tipificarse por la producción de ropa blanca (mantel, repasador, toallas), alimentarios gastronómicos (pastas frescas, empanadas, masa de pizza, panificación en general) y servicios (peluquería, estética, cosmetología). En menor medida es posible encontrar oficios como carpintería o herrería de pequeño volumen, por la dificultad de acceso a las máquinas, equipo y al espacio físico adecuado.

La realidad contradice el relato. Pero el discurso hegemónico lejos de hacerse eco de los hechos, sólo incrementa el volumen de su aparato comunicacional imponiendo por sentido común, que si sos pobre, es por tu culpa.

macri-vidal-larreta-emprendedores

La normativa y el fomento

Existe un sinnúmero de políticas públicas de fomento para emprendedores, posiblemente sea éste uno de los sectores más apoyados por programas de estímulo, pero esa vasta cantidad no garantiza la accesibilidad de todos los sectores. Primeramente, porque los montos de esos programas están segmentados y no depende tanto del proyecto como de la capacidad de cumplimentar los requisitos.

Redactar un plan de negocios, identificar la viabilidad de mercado y estimar si la capacidad productiva es acorde, expresar las estrategias logísticas para llegar a los clientes y formular un flujo de fondos, es prácticamente una imposibilidad, salvo para aquellos emprendedores con mayores herramientas de formación, que por lo general son previas a la decisión de emprender por cuenta propia.

Por su parte, las normativas municipales para la habilitación de un negocio, por pequeño que sea, requiere de inversiones imposibles para los emprendedores de escasos recursos, en algunos casos se exige hasta vestuario de hombres y mujeres aunque se trate de un pequeño taller de producción.

Las políticas públicas actuales destinadas a los emprendedores, tanto las de fomento como las de requisitos de habilitación, favorecen la brecha entre aquellos con mayores condiciones de desenvolverse en el mercado y aquellos que encuentran en el cuentapropismo una fuente de subsistencia básica.


En el emprendedurismo se reproduce la lógica de la desigualdad presente en otros campos sociales y la promesa de ascenso a partir de la voluntad individual es empíricamente sólo un discurso que no se cumple para la vasta mayoría de los emprendedores y que sí funciona para aquellos que ya contaban con una posición “dominante” (en términos de Bourdieu) antes de iniciar sus emprendimientos.


Así también, los actores de posiciones dominantes utilizan el voluntarismo como argumento para justificar que “el que quiere puede” y quien no lo logra, es porque no se ha esforzado lo suficiente y una vez más, el discurso hegemónico pone en la centralidad de los mejores valores a sus propios miembros, quienes otra vez son ubicados como el motor de la economía y la innovación, son los generadores de empleo y los merecedores de todo el apoyo incondicional del Estado.

*Por Martin Fogliacco para La tinta.

79 Elefantes

Cuando ya eran 79 elefantes balanceándose sobre la tela de una araña, algunos empezaron a sentirse ridículos y a preguntarse  qué estaban haciendo ahí.

– Esto es estúpido – reclamó uno a los restantes elefantes – ¿Para qué nos balanceamos?

– No se… pero por las dudas no hay que parar –

– Se acabó, yo me voy… –

– ¡No, no! – exclamaron unos elefantes algo más atrás, tenían miedo que el equilibrio se rompiera.

– ¡Avancen! – Gritó uno desde el fondo

– Pero no hay que avanzar, hay que balancearse –

– Pero esto no puede ser… hace dos horas que estoy haciendo fila y ¿ahora me dicen que no avanza? ¡esto es una vergüenza! –

 

La tela no parecía tener principio ni fin y más y más elefantes iban apareciendo al fondo de la fila. Algunos probaban la resistencia de la telaraña con la trompa.

– ¿Y ahora? ¿Qué hacemos? – dijo uno

– Balancearse… – dijo otro – (Ay, ay, ay… hay tipos que no entienden nada, eh?) – susurró.

– ¿Alguien ve algo? –

– ¡Solamente un gran culo de elefante! – gritó uno y despertó carcajadas entre los demás

– ¡Balanceo, balanceo! –

Siguió un largo silencio y los elefantes poco a poco volvían a concentrarse en el movimiento de un lado al otro…

¡Hop! ¡Hop! —- ¡Hop! ¡Hop! – Coordinaban

¡Hop! ¡Hop! —- ¡Hop! ¡Hop! – Se balanceaban

El vigesimotercero estaba indignado. Es una falta de respeto, pensaba, ¿Cómo estamos acá? ¿Cómo es que nadie viene a explicarnos nada? Masticaba bronca mientras intentaba inútilmente cortar la telaraña con sus pezuñas creadas para cualquier cosa menos para cortar…

– ¿Y la araña? ¿Alguien la vio alguna vez? ¡Hey vos… el primero! Si, vos… Eh… ¡Gordo! –

– ¿A quién le decís gordo? ¡Salame! –

– ¿La viste o no? –

– No –

– ¡¿Alguien vio a la araña?! –

Un nuevo silencio confirmó que nadie sabía por qué estaba ahí. Solo estaban balanceándose estúpidamente sin una razón más que esa.

Con el tiempo algunos empezaron a impacientar, otros los contenían, algunos se revelaban pero no sabían contra qué y terminaban simplemente dando gritos al vacío que no tenían ninguna respuesta salvo los ¡shhh! de otros elefantes.

El tiempo pasaba, la desesperación crecía.

– ¡Se acabó! – Terminó diciendo uno en forma tajante – Yo me bajo… que sea lo que sea – Y se largó al vacío.

Los demás elefantes se aterraron al verlo caer y nuevamente tomaron la prolijidad en el ritmo. ¡Hop! ¡Hop! —- ¡Hop! ¡Hop! No se había escuchado ni un grito, ni una caída. Simplemente desapareció en el vacío. El miedo se propagó muy rápido entre los demás.

Al principio ninguno se animó a hablar del tema. Todos se miraban, sabían que podía ser algo terrible, pero preferían el silencio que los protegía del miedo colectivo.

– ¿Qué le habrá pasado? – preguntó tímidamente uno después de pasada más de media hora.

– No se… pero es mejor no saberlo, quién sabe lo que le haya pasado pobre elefante –

– Yo tengo ganas de largarme… como para saber – le susurró al oído.

– ¡¿Te volviste loco?! – Se sorprendió.

– ¿Y qué vas a hacer? ¿Quedarte meta balancearte hasta que te mueras de cansancio? Yo prefiero intentar. Nos vemos – Y se largó

Los demás elefantes suspiraron tan fuerte que el que se había tirado pareció demorarse en la caída antes de desaparecer en el vacío.

La duda se instaló entre los elefantes.

Se empezaban a formar dos bandos: los que se aferraban a la única esperanza de sobrevivir que tenían – la telaraña – y los que apostaban por largarse al vacío intentando cambiar su suerte o, por lo menos, acabar con ese tedio y conocer la verdad.

Pero lo cierto es que los elefantes que decían que todos debían quedarse en la telaraña para no romper el equilibrio, dudaban y sentían en lo profundo un deseo involuntario de saber la verdad. Y los elefantes que predicaban el gran salto al vacío, por su parte, sentían en lo profundo, un terrible miedo de dejar la sólida cuerda.

Y la telaraña resistía.

Y los elefantes peleaban entre ellos sin dejar de balancearse.

Y la telaraña resistía.

Y la tensión entre los elefantes aumentaba.

Y dale que resistía.

Y los elefantes querían matarse unos a los otros.

Y resistía.

Y los elefantes empezaron a trenzar las trompas a golpes unos contra los otros.

Y nada… resistía.

Y los gritos y los trompazos no terminaban

 

Que hay que saltar, que hay que quedarse

No se ponían de acuerdo

Pero todos, por las dudas, se seguían balanceando.

Amando a mi guitarra

197209_10150115959319107_6980625_n

No nos cansábamos de pasar las tardes sentados en ese kiosco, mis amigos eran los de siempre, los del barrio, teníamos todo en común porque nuestro universo se circunscribía prácticamente a esas cuadras en las que por azar habíamos compartido todo.

La escuela era la misma, la plaza era la misma, los partidos eran sobre la base de los mismos jugadores, el kiosco era El kiosco, no había otras opciones y si las hubiera habido, hubiéramos elegido el del Fabián.

En esa época no hacíamos otra cosa que tomar cerveza y jugar al metegol todo el día. Andábamos de jean, remeras de Los Gardelitos y Viejas Locas, y todos, absolutamente todos, usábamos Topper de lona que parecían desgastadas a propósito para hacer juego con las hilachas del pantalón. El Fabián ponía música y nosotros nos instalábamos como parte del paisaje que tenían que ver los vecinos que iban a misa en la capilla de enfrente los sábados a la tarde.

No hacíamos nada.

Pero quién sabe por qué puta casualidad, un día empezamos a tocar instrumentos y lo hicimos como habíamos hecho todo en la vida, de forma coordinada. Coordinada pero sin querer. Como si hubiéramos armado un equipo para un picado y nos hubiéramos dicho “vos atrás, yo me paro acá al costado y que Nacho vaya al arco”, un día teníamos una banda de rock en la que cada uno tocaba su instrumento.

Apenas después de pestañear, teníamos algunos temas propios, con armónica, dos guitarras, bajo, batería y voz.

 

En ese momento no supe lo que estaba viviendo y lo viví sin consciencia de que quizás sería la última vez que tendría una experiencia así, con mis amigos, con la música en el corazón, feliz de sacar la guitarra de la funda más barata del mundo y colgármela al hombro para afinarla cariñosamente antes de meter y sacar la púa de mi boca para que no resbale luego en mis dedos y poder así ser el protagonista del tema que estaba sonando.

396719_10150519798809107_2067949110_n

Cómo fue que pasamos de ese kiosco a una sala de ensayos, es un blanco que quizás jamás termine de descubrir. Todo se hizo a sí mismo, sin pensarse y sin planearlo, con una intensidad que aun busco en el polvo de mi tiempo.

Cuando estábamos listos en esa sala de ensayo, ya habíamos afinado todo y los platos de la batería estaban imperfectamente ajustados, alguien preguntaba “¿estamos?” y otro afirmaba “estamos”. Era exactamente así. Estábamos. Ahí, en ese momento, los unos con los otros, más juntos que de cualquier otra forma posible, tocando la misma canción.

 

Y sin saberlo y sin siquiera ser conscientes de ello creamos algo que sólo podía existir colectivamente, entre todos. Porque lo que salía era mucho más que acordes, que pueden haber sido malísimos, pero salía una música que era nuestra, que nos expresaba, que nos hacía profundamente felices. Y no podía existir si no era por la conjunción de todos nosotros.

426579_10150519805019107_1314721749_n

Tampoco sé bien cómo fue que un día no estábamos en la sala de ensayo sino en 990 tocando con Los Gardelitos, nos habían invitado a telonearlos.

Y ahí estaba subido al escenario, con la remera de Los Gardelitos puesta, tocando con Los Gardelitos, sin saber que ese momento me iba a acompañar toda la vida reapareciendo cada vez que alguien agarre frente a mí una guitarra eléctrica y cierre los ojos para tocar. Sin saber en aquel entonces que desde ese momento y para siempre, voy a soñar con sacar la guitarra de la funda más barata del mundo, colgármela al hombro para afinarla cariñosamente antes de meter y sacar la púa de mi boca para que no resbale luego en mis dedos y volver a tocar.

Las manos rotas

UNO

Tucumán.

La expansión del ingenio acaba con el desalojo de cinco familias del interior tucumano. Se trata de personas que han estado allí durante más de nueve generaciones. No tienen, por supuesto, el boleto de compra-venta del inmueble. Nunca lo compraron a nadie porque cuando llegaron así era. Las disposiciones posteriores creadas por los sucesivos gobiernos no fueron cumplimentadas por estas familias que viven en medio del monte y nunca han sido notificadas de tales disposiciones.

En este momento sí son notificadas; les explican por qué las están desalojando. Les dan los argumentos de la presencia del tractor y la policía armada.

Pero oiga, ¿cómo que me tengo que ir?

La policía comienza un reguero de balas de goma y luego, a través de la voz del comisario a cargo del operativo, explica que Los usurpadores se resistían a desalojar como indica la ley y esto provocó algunos disturbios.

 

DOS

Sin saber leer ni escribir llega la familia Romero a la capital tucumana. Los hombres: Horacio (el padre) y José (el hijo) presos. Las mujeres: Diana (la madre) y Clara (la hija) en la puerta de la comisaría; en un banquito, esperando que alguien les diga algo.

Cae la noche.

Señora, no puede permanecer aquí. Le informa un oficial.

¿A dónde vamos? No tenemos a dónde ir. Responde ella con su niña de seis años dormida en brazos.

Mire señora, no soy agente de turismo. Acá no se puede quedar.  

La mujer camina al azar hacia una plaza, intentando no olvidar las calles que la llevarán de regreso a la comisaría al día siguiente. Nunca antes ha estado en una ciudad. Los autos pasan a toda velocidad muy cerca suyo y de la niña, la aprieta contra su cuerpo buscando protegerla, intenta cruzar pero no sabe calcular si a la velocidad que vienen los autos la van a chocar o no. Intenta y vuelve a la vereda, ¿Ahora? No ahora no. La plaza está oscura, unos muchachos más allá le gritan algo que ella no comprende y vuelve a apretar a la niña contra sí. Ay, que no nos pase nada. El frío le recorre la espalda por el estado de alerta, no deja de mirar ni un segundo a ese grupo de gente que está más allá a los gritos. Se sienta en un banco sin respaldo y allí se queda sentada, la niña se duerme en sus brazos y ella se queda despierta cuidándola. Quién sabe si se duerme, ¿se acercarán esos hombres? ¡ay no!, si le llegara a pasar algo a la nena. Le duele la espalda y por momentos le ceden los brazos, reacciona antes que la niña se le caiga. aprieta los dientes ocultos por sus labios. Respira agitada y el corazón se le acelera. Empalidece y en su garganta crece y crece un nudo que impide que el aire entre. Se ahoga, siempre sin dejar de mirar a los muchachos que toman cerveza y dan gritos. Mira a la niña y la aprieta contra su pecho. Mi nena, mi nena, qué vamos a hacer, piensa mientras sus músculos se estremecen por el sueño y el frío.  

La niña despierta al día siguiente con hambre. ¿Mami qué puedo comer? No tiene nada que darle. No se preocupe mi amor, ahí mami consigue y desayunamos algo rico. Mira en todas direcciones, no tiene un centavo, no sabe cómo conseguir comida. En el cemento no hay huertas, no hay leche, no hay vida. Van en ayunas a la comisaría. Mami tengo hambre, ¿por qué no me querés dar algo para comer?

El oficial de anoche aún no ha terminado su turno. ¿Otra vez acá? Pregunta si saludar.

La mujer intenta explicar lo que les ha sucedido. El agente responde que este no es el confesionario. Que a llorar las penas se va a la iglesia. Que no le haga perder el tiempo.

Diana espera otra vez en el banquito. La nena tiene hambre; se tira al piso y repite una y otra vez: tengo hambre mami, tengo hambre, ¿por qué no me querés dar de comer? Se desplaza por el suelo, con el pelo en las baldozas de la unidad judicial, gira sobre sí misma, aburrida, sin mirar a su madre pero repitiendo, tengo hambre mami, tengo hambre, ¿por qué no me querés dar de comer?

Ma… Mami… Ma… le tira del pantalón y solloza, Tengo hambreeeee, ¡má! Diana no le contesta, no sabe qué darle de comer. No tiene un centavo en el bolsillo.

Cruza la calle hasta una verdulería y pregunta si le convidan un poco de fruta. El verdulero le da una manzana y una banana. Está acostumbrado a dar a los familiares de los detenidos que día a día desfilan. Cada vez hay más caras nuevas, piensa el verdulero y limpia la fruta con un repasador.

Ella le cuenta lo que les pasa avergonzada, casi sin poder mirarlo a los ojos, con la niña que se mete el dedo en la nariz a su lado y el le responde que no se preocupe, que es cosa de todos los días. La nena come desaforada la banana y la manzana. No sabe, pobrecita, que su madre no ha comido nada tampoco. Diana siente ruidos en su estómago. No dice nada.

 

TRES

José es informado por el comisario que no van a largar a un vago sin trabajo a la calle. Que demasiados problemas tiene ya Tucumán como para largar a otra lacra más. Que a su padre sí lo largan porque es viejo y difícilmente se anime a volver a su rancho a ser una traba para el progreso de la provincia.

Pero hay una oportunidad para vos, le dice, en un par de horas va a salir una camioneta con gente. Necesitan obreros en Buenos Aires. Albañiles, m´entendés? le dice, de los que hacen casas y tod´esas cosas. Desde allá le podés mandar plata a tu familia, que ya están viejos para trabajar. Hacen días que están sentados ahí en el banco esperando a vaya saber qué.

El comisario lo aconseja con cinismo.

No hay otra. La familia no tiene dónde dormir hace días y, según le ha contado su madre, apenas comen lo que les facilita el verdulero a cambio de ordenar los cajones cuando llega el camión a la mañana.

José acepta, se despiden y un par de horas más tarde está subido a una camioneta. No tiene idea de a dónde va. No sabe ni qué es Buenos Aires.

Viaja junto a otros que también van callados por la desértica ruta. El sol golpea duro la caja de la camioneta pero no hay donde cubrirse, tampoco hay agua. Ni al comisario, ni al dueño de la camioneta, ni al policía, ni al propietario de la empresa constructora se les ocurrió ofrecer agua o abrigo para la noche. Poco importa, son negros, están acostumbrados a vivir así. ¿A quién se le ocurriría ofrecerles algo?

 

CUATRO

A las 6 semanas de iniciada la obra les avisan a los operarios, a las 8:00 am, que desde ese día no vayan más a trabajar, que la obra se suspende.

Por la crisis, explica el capataz que tampoco entiende la razón ni sabe aún que será despedido una vez que termine de echar a la calle a todos los operarios.

(El que sí entiende la razón es el gerente, que ha sido advertido por un asesor a comisión, que la tasa de interés de los bonos del Estado ha subido y que no conviene comprar ladrillos sino títulos de deuda)

Los compañeros se dispersan.

José se queda solo. No sabe a dónde ir. Apenas conoce algunas calles alrededor de la obra.

¿Y ahora?

Se presenta en otras obras. No hay lugar.

De noche a la pensión. De día a otras obras. No hay lugar.

El dinero se acaba.

A los pocos días se acaba también la paciencia del casero. Sin paga no hay cama.

A la calle.

No hay camioneta de regreso a Tucumán.

De todos modos tampoco sabe dónde está su familia.

Duerme en un pórtico de la estación de trenes.

No hay dinero. No hay trabajo. No hay dónde dormir.

Pide en la calle. Algunos le dan. Otros se le alejan.

Está sucio. Mal dormido. Mal comido. Demasiado ansioso por comer como para cuidar las formas.

Y cuanto más sucio y hambriento está, más rápido lo rechazan en las obras y más rápido lo evita la gente en la calle. Hasta la limosna escasea.

Una noche, para peor, un pequeño se le acerca con una punta y le saca la billetera, sin dinero pero con el documento.

Llora sólo en el pórtico en el que duerme. Nadie se acerca a preguntarle qué le sucede.

Le caen los mocos. Se limpia con la manga. Se mira las manos. Rotas.

Quiere volver a Tucumán a buscar a su familia. No sabe dónde encontrarlos pero cualquier cosa es mejor que esto. Alrededor miles y miles de personas corren en sus propios apuros, todo es cemento gris, los semáforos están desteñidos, las veredas llenas de papeles, y todo huele a caucho quemado y humo de colectivo.

La basura de los restaurantes ya está atestada de gente buscando alimento y si quiere sacar algo tiene que pelearse. Pero como es bajito y está débil, espera y come las sobras de las sobras.

 

CINCO

Señora ¿Me ayuda? Necesito volver a Tucumán. La señora se asusta y empieza a gritar. Lo acusa de querer robarle y a los gritos llama la atención de los transeúntes cercanos. José intenta explicar, en vano. La mujer está fuera de sí, asustada, a los gritos. ¡Negro de mierda! grita histérica, ¡Ayudenmé, me quiere robar, me va a matar! ¡Negro de mierda!

De entre los transeúntes aparece un policía.

¡Quieto chorro hijo de puta! Grita mientras atina a sacar el arma corriendo.

José se asusta. Empieza a correr.

¡Quieto mierda dije negro hijo de puta! El policía no logra desenfundar.

José esquiva gente en la estación del tren, baja a la avenida, cruza a toda velocidad y una camioneta lo embiste.

Muere en el acto.

 

SEIS

En un refinado café de la zona norte de la misma Buenos Aires dos señoras meriendan mientras en el televisor del fondo aparecen las noticias.

Muere atropellado un presunto delincuente luego de haber intentado asaltar a una mujer en la estación de trenes de Avellaneda, anuncian. El malviviente estaba indocumentado y la policía desconoce su identidad.

Una de ellas susurra a la otra.

Que Dios me perdone,

pero uno menos.

El Momento Tan Ansiado

Esta es la historia de Rubén Ramos Aura López, a quien su vecino Ricardo Ramirez Ralo le prestó el diario una mañana que transcurría justo a la mitad del invierno más largo del que se tuviera memoria en Valle Dormido.

En ese diario aparecía un anuncio que era de gran interés para Rubén Ramos Aura López puesto que desde que se había caído la primera hoja amarilla del árbol que estaba justo en la vereda de enfrente de su casa, no conseguía trabajo y le costaba mucho darse de comer todos los días.

¡Así es! Rubén Ramos Aura López pasaba hambre. Soñaba con tostadas por la mañana, deseaba con el corazón una rica taza de leche pura de vaca como la que años atrás le preparaba su abuela. Se le hacía agua la boca imaginando un plato de tallarines cuya salsa untaba con un delicioso y tibio trocito de pan.

Esa mañana justo a la mitad del invierno más largo del que se tuviera memoria en Valle Dormido, su vecino Ricardo Ramirez le facilitó el diario tal como hacía todas las mañanas. Rubén Ramos Aura López apenas leía las noticias ya que lo que más le interesaba eran los avisos cada vez más escasos que ofrecían trabajo. Pero esa mañana apareció un anuncio distinto a todos los demás:

“Importante señor ofrece excelente asado, presentarse hoy antes del mediodía en la calle Libertador al tanto tanto”

– ¡Justo lo que estaba buscando! – Pensó y así en pantuflas como estaba se puso a bailar en la cocina.

Se vistió valiéndose de un viejo traje que había conservado de épocas mejores y unos zapatos a los que hubo que darle una buena cepillada para darles un brillo que ya no tenían. Acabó de ajustarse la corbata frente al espejo y con el cabello engominado fue hasta la dirección indicada.

Al llegar, había un hombre de proporciones extrañas, no era muy alto y su panza parecía empezar en el cuello y acabar exactamente en los tobillos. El cinturón de cuero que llevaba en la cintura era sólo un adorno que indicaba dónde estaba la mitad del cuerpo de aquel señor que, jugando con sus tiradores, miró de arriba abajo a Rubén Ramos Aura López y cordialmente esperó que éste hablara.

– Buenos días, vengo por el aviso – dijo Rubén Ramos Aura López, que por supuesto había llevado bajo el brazo el diario como evidencia de que el anuncio existía.

– Buenos días – respondió el hombre de extrañas proporciones mientras continuaba estudiando a Rubén con la mirada – Así que viene por el anuncio –

– Si

– ¿Cómo es su nombre?

Rubén Ramos Aura López – dijo Rubén Ramos Aura López

– Muy bien Señor Rubén, pero cuénteme ¿Usted ama el asado?

– Si

– ¿Desea de corazón comer asado? –

– Si, si –

– ¿Es hasta capaz de prepararlo? –

– Si! –

– Muy bien, pero no lo escucho! –

– Si! Si soy capaz de preparar un riquísimo asado para comer –

– Entonces para qué estamos hablando tanto, pase nomás, así le presento al resto de la gente – dijo aquel señor e invitó a Rubén Ramos Aura López a pasar con un gesto caballeroso y sofisticado.

El hombre de extrañas proporciones caminó dos pasos delante de Rubén Ramos Aura López y lo fue introduciendo con unas personas cuyo nombre no pudo retener y al finalizar las formalidades de la presentación, el hombre tomó la pequeña pala metálica y el bracero, se dio vuelta, miró a Rubén con una sonrisa y se las entregó:

– Manos a la obra amigo

Rubén Ramos Aura López comprendiendo ahora de qué se trataba la invitación, se acercó a la parrilla, puso el carbón como lo haría en su casa y fue prendiendo el fuego mientras los demás charlaban y bebían riendo a carcajadas, lejos del fuego que tanto hacía sudar de calor a Rubén.

WhatsApp Image 2017-07-01 at 18.56.57

Muy pocos minutos después (un tiempo en el que evidentemente no se cocina un asado) el hombre cuya panza parecía empezar en el cuello y acabar exactamente en los tobillos se acercó al sudado Rubén y apoyándole una mano en la espalda, preguntó:

– ¿Y cómo va? ¿Ya sale?

– No… apenas estoy empezando a bajar las brazas

– Ehh… – el hombre abrió los brazos en signo de clara decepción – Rubén, me extraña, allá afuera usted me dijo que sabía hacer asado

– Es que necesita un tiempo para que agarre la brasa

– Bueno… bueno… – se retiró y comentó algo con los amigos que ya comían salame de la colonia con cubitos de queso Fontina, picaban tostaditas con morcilla fría y otro montón de delicias que Rubén Ramos Aura López veía de lejos.

Otros muy escasos minutos más tarde, el hombre que había recibido a Rubén jugando con sus tiradores, se acercó nuevamente:

– ¿Y amigo? ¿Qué pasa con usted? ¿Va a hacer el asado o no?

– Si, lo estoy haciendo – respondió Rubén mirando al suelo como si lo estuvieran retando

– Bueno, vamos apurando porque la gente está con hambre

– No se preocupe que en un ratito sale, yo también estoy con hambre así que lo entiendo

– Bueno, excelente entonces

Rubén Ramos Aura López metió más de brazas bajo la carne, cosa que jamás hubiera hecho en su casa porque sabía perfectamente que eso haría que el asado se queme por fuera y quede crudo por dentro. Lo que su propio abuelo le había señalado un día y había nombrado diciendo que si uno lo acelera, el asado se arrebata. Pero como en este caso no era su casa, ni entre los comensales estaba su abuelo, lo aceleró.

Sucedió luego, que al salir el primer corte, lo colocó sobre la tabla, lo repartió en partes iguales y sirvió, pero cuando se dispuso a sentarse a comer, el hombre cuyo nombre no había mencionado en ningún momento dijo que lo más cómodo para todos sería que Rubén comiera una vez que el resto hubiera terminado y así fue como volvió a pararse (Rubén Ramos Aura López) y permaneció parado al lado de la parrilla.

El hombre de los tiradores llamó a Rubén Ramos Aura López con una seña con las manos y le indicó que su corte estaba un poco arrebatado. – lo prefiero más seco – recriminó y le entregó su porción para que la deje un momento más en la parrilla. Rubén repitió los pasos que le fueron indicados y mientras sacó otro corte.

Al llegar a la mesa el hombre de extrañas proporciones lo frenó haciendo una seña con su palma abierta y dijo – a ese corte lo vamos a dejar para después, por ahora traeme las mollejitas – y así estuvo durante toda el almuerzo y de pronto y en el arrebato, una cosa fue llevando a la otra, y se encontró Rubén sirviendo el vino, reponiendo canastitas de pan y hasta preguntando “¿Necesita algo más?”.

Hasta que al fin el festín del hombre cuyo cinturón de cuero en la cintura era sólo un adorno que indicaba dónde estaba la mitad del cuerpo y Rubén Ramos Aura López, bastante enojado a esa altura dijo que quería su parte del asado. El hombre le respondió que su pedido era de lo más justo, pero que no se impacientara, que ya iba a llegar el ansiado momento.

No sería justo – dijo – que yo invite la carne y usted no tenga el buen gesto de lavar la vajilla y pasar una escoba –

Rubén Ramos Aura López, todavía con mucha hambre, quitó pacientemente la grasa de los platos y las migas del suelo.

¡Amigo…!– dijo finalmente el hombre que lo había recibido en la puerta de la calle Libertador al tanto tanto – ha llegado el momento tan ansiado por usted, aquí tiene su parte – y le entregó una bolsita con dos costillas – le deseo lo mejor. Y ahora por favor, lo acompaño hasta la puerta porque tengo que ir a dormir la siesta y no hay nadie que se pueda quedar a cuidar mis cosas

Rubén Ramos Aura López miró la bolsita una y otra vez y tuvo una sensación angustiosa que lo obligó a cerrar los ojos con fuerza para que no se le cayeran las lágrimas mientras se sentaba en en el cordón de la vereda a esperar el colectivo que lo llevaría de vuelta a su casa.


Foto: Matías Fogliacco